Tus ojos (ejercicio 1)

No puedo hablar de tus ojos sin hacer una referencia a tu mirada; no puedo hablar de tu mirada sin hacer una reverencia a tus ojos.

Así, perdido entre tus ojos y tu mirada, no vi aquella regia tapa de la alcantarilla ni el vacío que de ella se desprendía hacia dentro de los confines del mundo conocido.

Como la sombra de un personaje de Lewis Carroll, me he quedado suspendido entre el tropiezo y la caída, esa aguda diferencia de acercamiento gravitacional libre desde el cielo a la tierra. De golpe. Porrazo.

Tendido de cuerpo entero (en el suelo), evoqué con científica consideración tus sabias palabras al despedirnos: “Cuídate, mi amor”.

Creo que presagiabas algo, no un deseo, claro, sino más bien una contundente visión de la que fue imposible escapar. Como de ti. Rendido.

Tendido, peso muerto de la obra muerta entre la solera y la vereda, reflexioné sobre mis primeras palabras, las de arriba:

“No puedo hablar de tus ojos sin hacer una referencia a tu mirada; no puedo hablar de tu mirada sin hacer una reverencia a tus ojos”.

Menuda frase, pensé. Hermosa, dirás. Alguien la repetirá por ahí o quizás raye algún muro público con su contenido de oposiciones.

Una verdad innegable. Una prosa impecable. Un descubrimiento significante: puedo hablar de tu mirada y de tus ojos, ensimismado, pero debo hacerlo con la boca cerrada y la vista fija en el camino.

Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 – Libro E

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