Dos mesas más allá (ejercicio)

No pude creer que la misma noche que despreocupada y aleatoriamente, después del trabajo, decidí elegir un buen lugar donde concurrir a beber un par de tragos, el azar te colocó 2 mesas más allá.

Debo aclarar inmediatamente que ambos íbamos acompañados, pero no éramos nosotros la mutua compañía. La inmensa penumbra del bar –un sitio medianamente de moda y de agradables bebidas, vinos, sorbetes y tablas a toda hora de la noche–, permitió que la primera media hora no reparáramos uno del otro de nuestra cercana presencia. Ya el movimiento alrededor de las mesas –en la barra y desde y hacia el exterior del bar, en la zona de las terrazas y los jardines–, y la profusa circulación de parroquianos, parejas, villanos de novela negra y sensuales gatubelas por el atestado sitio, terminó por descubrir nuestras escondidas posiciones de guerra y también la frontal y directa cruza de miradas que posicionó una zona de fuego 2 mesas más allá. No hubo sobresalto ni sorpresa, ni ningún gesto recíproco delatante; no hubo suspiros enamorados, ni miradas lánguidas ni reproches culpables o ceños fruncidos por celos irrefrenables e inseguridades afloradas al instante de habernos encontrado –en la yuxtaposición de las miradas–, casi en línea recta por entre los claroscuros de ese atiborrado lugar. Tus ojos, mis ojos. Nada más, nadie más. Una mutua posesión sin dominio, un caudal calórico de entregas sin demanda, sin cuartel, liberación del cautiverio en libertad y laberinto con todas sus salidas luminosamente abiertas. Recuerdo de forma nítida cómo emergió desde mis adentros esa sensación pura y salvaje de sentirme invadido, poseído y poseedor de una verdad única o de una certeza irrefutable, casi mística, elevada a la categoría más alta de la filosofía.

Me sacudió casi imperceptible la sensación cómplice y húmedamente erótica y aguijoneante de estar tan cerca de ti –solo dos mesas más allá– y tener la frialdad de seguir en mis asuntos, como tú de los tuyos, entretenido y dicharachero como el que más, entusiasta, complaciente y conmovedor de la compañía a mi lado y ocupado de la conversación más profusa que haya tenido lugar en ese bar. Hasta hoy.

Santiago (Chile), agosto de 1999, 01:20 horas AM

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

Photograph: “O’clock y felicidad” – Original by Chicho Valentino (Madrid, España). Artwork used with permission.

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