La pecadora de Veracruz

Conocí una mujer que la vida terminó por etiquetar como la pecadora de Veracruz. Su historia sucedió, por así decirlo, hace muchos años atrás. Veinte exactamente.

Tuve la suerte de verla hace unos días, a cierta distancia, en la ciudad de Barcelona, una mañana cualquiera en que la intuición me llevó a transitar arbitrariamente por las calles peatonales de los cafés y los bares, lejos del barrio verde de la universidad. Me llamó la atención su rostro pálido, casi translúcido como la sombra de un ángel. Si bien conservaba a su prístina edad, la grácil belleza natural de la mujer que cargaba con una mitológica raíz –su delgada efigie de frágil y pálida porcelana, la altivez propia del porte y estirpe de una dama-dragón: cabeza erguida, hombros seguros, ojos negros y penetrantes, mirada profusa y tierna, y una tersa cabellera negra almibarada por cuarenta y cuatro años de vida–, me intrigó de sobremanera su expresión de honda tristeza en el reflejo de sus ojos trágicos. Se veía melancólica y abatida, ausente y silenciosa en oposición al ruido espeso de la ciudad que no cejaba de romper el silencio sobre su caminar cansino por el boulevard.

La observé caminar lento hasta que se perdió en la marea inconfundible de gentes que buscan un local para la merienda del mediodía. Iba enfundada en un largo abrigo negro de pelo y me pareció, desde lejos, que un vaho difuso de desilusión acompañaba los rítmicos pasos que campeaban bajo la incipiente lluvia ocasional del otoño ibérico. Desapareció en una esquina y yo me quedé parado sobre la húmeda vereda en la otra acera, casi a boca de jarro con el tráfico rugiente de mediodía y con una ruidosa manifestación de ecologistas protestando en tropel por la contaminación acústica de la ciudad. No la vi otra vez en Barcelona, pero guardé la secreta esperanza de verla nuevamente y quizás cruzar con ella una sonrisa, unas palabras de sana crianza, invitarla a tomar un café, ir al cine, a cenar, a bailar o a mirar las estrellas en una noche sin luna llena, caminando hasta el amanecer conversando de Varela y Huidobro.

Meses después, ya concluida mi beca y de vuelta en mi país, tuve entre vuelos transoceánicos y transbordos en distintas terminales aéreas –además del dolor de espalda, la sordera y el jet lag–, el tiempo suficiente para pensar que no fue en vano ese encuentro casual y, por cierto, unilateral con esa enigmática mujer en el bello otoño de Barcelona. Irremediablemente, al evocar su silueta serpenteando por el relente de las calles de la comunidad más febril de Cataluña, llegué a pensar en el calificativo que en ella pesaba aún después de tanto tiempo. La pecadora de Veracruz. ¿Cuál era su historia, el verbo articulado, el túmulo de tan cruel sentencia? Escribo aquí lo que sabía, sumariamente.

Ella era la joven esposa de un severo juez en Santiago. Al terminar la universidad, obtuvo una beca de posgrado en antropología en Veracruz y partió a estudiar. Dos años. Él se quedó en el país, atendiendo importantes asuntos relativos a su alta envestidura de magistrado de la nación, omnímodo tercer poder del Estado. También se dedicó, en el ínterin, a tomar en consideración otras cuestiones menos oficiales y más desvestidas, pero sin duda más placenteras y desenfadadas en el alejamiento. “Qué más da” –habrá dicho– “Ojos que no ven, a quien le importa”.

Con el tiempo, en las latitudes climáticas del sol mexicano, ella se fue quedando y sintiendo irremediablemente sola en un país lejano y distinto del suyo, en aquellas cosas cotidianas de la cultura que, a falta de los lazos familiares y comunes que unan el amanecer con el crepúsculo, terminan afectando más allá de lo ordinario cuando no se logran conciliar en la perspectiva del afuerino, del extranjero, del pasante, del migrado: los acentos, las comidas, las costumbres, las complexiones de la gente en la calle, las miradas que dicen otra cosa de lo que espetan las bocas, los versos que sin acariciar tampoco insultan pero que nunca dan la bienvenida del todo. La crueldad es a veces el subtexto de la realidad que construimos o destruimos. Y es cruel sentirse solo en este mundo, desamparado, desarrapado, así de triste, así de joven.

En forma evidente, hubo en Veracruz un hombre. Ella no lo buscó en un principio, pero en un momento las miradas se encontraron irremediablemente en el espacio protegido de la universidad y de la antropología avanzada, en el aura de la investigación científica, la aplicada, en el terreno y en el campo de toda la experiencia, registro y evidencia de la arqueología, la antropología social, la bioantropología y la etnohistoria. Él era profesor allí. Ella, una estudiante. Y el tiempo, una línea difusa entre la soledad y la necesidad de amarse incluso por debajo de las uñas.

No pudo evitarlo. Se mudó con él. Y él no pudo preverlo todo ni evitarlo, y la empezó a cuidar como se vela a la mujer de otro: con amor, con paciencia, con inusitada comprensión, con ese temor de despertar un día y no tenerla, no sentirla más, no sentir su ánimo susurrando misterios en la boca. Un año. Un año y medio: así el tiempo se desbocó, así en una marea relativa y exuberante de vivencias, conversaciones, de dormir pegados en el calor de las sábanas, de explorar el mundo desde la perspectiva de los amantes, de sentir el agotamiento como la fuente misma de la energía que se despliega frente a los ojos, para seguir viviendo, para continuar amando hoy, no mañana.

Una tarde nublada, al regresar a casa, vieron un taxi aparcado en la puerta. Apoyado sobre los faroles delanteros, estaba el juez. La gabardina gris impecable, el traje negro, la camisa blanca y la corbata sobria como recién salido de una mala pesadilla aria. La máscara perfecta de orden y racionalidad maquinal. El taxímetro corriendo, el gesto inexpresivo sobre la mirada severa que cayó como un rayo sobre ambos que caminaban de la mano, juntos al inesperado encuentro: “Hellen –dijo- ¿qué significa esto? Ella, lívida, no dijo nada, limitándose a bajar la mirada y soltarle, en un tardío gesto de conservación, la mano a él, quien quiso decir algo, pero fue fulminado por un por favor, no se atreva a hablar nada. Silencio grave, pesado, como nunca se sintió de nuevo en Veracruz.

“-Te vuelves conmigo a Chile, ahora.”-dijo el juez dictando sentencia, que es lo que hacía al final de todos los casos.

En cosa de horas, con las lágrimas secas sobre el rostro pálido, ella miraba el océano Pacífico sollozando en silencio sobre un vuelo internacional hacia Santiago, vía Lima. Pudo soportar todas las impudicias del lenguaje y del vacío, la mano fría del esposo, férrea, la voz espumosa del juez que, trepidante, la llamó pecadora, cuando ella se dejó tironear para ser subida en el avión que, en un rapto y un vuelo entre atmósferas, la proyectó en otra soledad impensada: no lo vio a él en el aeropuerto buscándola, rescatándola de la decepción, del miedo de perderlo todo cuando se apuesta al amor con los ojos cerrados.

No volvió a verlo. Él se quedó en Veracruz, no se movió de allí.

El resto fue una puesta en escena cruenta y humillante. Como iluminado por la razón, el juez operó todos sus largos tentáculos por controlar la existencia de ella, hasta el punto de someterla al sonido de la palabra que acuñó para herirla por siempre: pecadora: eres la pecadora de Veracruz.

– – –

Pasaron tres años desde lo de Barcelona y lo que para mí fue por un momento un deseo lanzado al vacío, se convirtió en la realidad de un encuentro afortunado en el norte de mi país. Invitado por una universidad regional a hablar ya no sé de qué cosa literaria, no imaginarán ustedes mi sorpresa al verla sentada en la primera fila del auditorio. De seguro ese día tartamudeé más de la cuenta y también perdí la cuenta de cuántas y concretas incoherencias habré planteado a los participantes respecto del discurso poético contemporáneo chileno, pero lo que es cierto es que no le saqué los ojos de encima en ningún momento. Nunca.

“-Soy científica” dijo ella más tarde. “Y yo soy poeta”, dije sonriendo y nos quedamos conversando de Varela y Huidobro hasta el amanecer.

Ella me pidió que le curara una herida profunda que latente erosionaba su nombre aún después de tanto tiempo. Y sí, yo me quedé prendido de su piel como un buque sin ancla varado en la arena, maravillado y perdido en los ojos de esta mujer de carne y espíritu y de mirada franca y sencilla -que había crecido en la autonomía y la libertad a partir de sus tristes experiencias de joven-, ya no como el espectador de esta historia, si no como el protagonista de nuestras vidas, para seguir viviendo, para continuar amando hoy, no mañana.

– – –

La vida tiende a tener un humor muy negro algunas veces. Un libreto más bien cruel. Triste y absurdo. Ella falleció en un accidente aéreo ocurrido en la ciudad de Veracruz el año pasado, que quiso visitar a modo despedida. Esa sola sensación, la de su muerte, se me grabó a plomo en mi corazón, como el trauma de una explosión de hielo incrustada en el fondo abisal de mis arterias. Fuimos felices los años que compartimos juntos. Tenía 48 años y se llamaba Hellen.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2010

Photograph: “Veracruz” – Original by Eduardo Gomez-Allende (Veracruz, Mexico). Artwork used with permission.

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9 comentarios en “La pecadora de Veracruz

  1. Pingback: Los números de 2010 « Catalejo

  2. Lo había leído hace tiempo, me parece una historia de lo más triste, no tenía el recuerdo de que ella se moría, así me parece más trágico aún, merecía ser feliz. Lo siento, me gustan los finales felices. Precioso, Alejandro.

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  3. Mi queridísimo Alejandro: es verdad lo que dice Lalo en su comentario, leerte me reconforta y en mi próximo viaje a mis tierras -que hoy son lejanas de distancias pero no de corazón-, me hará recordar mis tristezas y alegrías… La foto de Lalo, sensacional.

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  4. Pingback: La pecadora de Veracruz (via Catalejo) « Catalejo

  5. A esta mujer, de la que llamó tu atención su rostro pálido, casi translúcido, a la que te ufanas en describir y conocer detalladamente, que se veía melancólica y abatida, ausente y silenciosa… está muerta. Aquí en Veracruz se le conoce como la Condesa de Malibrán, la hermosa condesa, a quien buscaba algún visitante que le agradara para invitarlo a las fastuosas fiestas que organizaba en su mansión durante la ausencia de su esposo, fiestas que se prolongaban hasta el amanecer, momento en el que, se marchaba la gente y la dama quedaba sola con su acompañante en turno. Se dice que al transcurrir de los días siguientes, el invitado en cuestión jamás volvía a ser visto. Tuviste suerte de solamente verla a distancia, Alejandro, de lo contrario otro seria tu destino… Esa es su historia.

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  6. La melancolía de la mujer, abatida, ausente y silenciosa no es más que el reflejo de un gran peso moral, seguramente el resultado de algún romance desgarrador que la privó de continuar su vida con el potentado aquel, que dejó en Santiago…

    Vaya. Lo que deja la soledad tan sola de estar lejos de quienes son nuestros asideros más estrechos… La lejanía nos convierte en parias múltiples…

    Primero por la pérdida del cariño de los cercanos que nos vuelve vulnerables; luego por la pérdida de la razón frente a la soledad; más adelante la pérdida del estatus quo al no poder volver al lugar de origen (y no hablo de geografía)…

    Saludos, Alejandro…

    Me intriga la conclusión. Espero poder tenerla.

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  7. Querido Fernando:

    Hay una referencia en google a una novela de José Calvo Poyato (La dama y el Dragón). La otra lleva a: http://bit.ly/a5TYMl

    No recuerdo el detalle que mencionas del “El Último Emperador”, pero mi referencia es cercana a tu comentario, pues habla de las categorías zodiacales del calendario chino.

    Si vuelas resfriado puedes quedar sordo del dolor.

    Y sí, tendrás conclusiones.

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  8. … Dama-dragón, dama-dragón, ¿qué era eso? No recuerdo y ahora encuentro que sería hacer trampa googlearlo. Como que pienso en el Ultimo Emperador de Bertolucci…
    No entiendo por qué los vuelos producirían sordera. Perdón, estoy mencionando tonterías de forma.
    Estoy intrigado, quiero la conclusión… ¿porfi, porfi?

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