Ven como eres: monólogo de una generación

Suicidio en honor y música a Kurt Cobain

Todo terminó por parecerte
-bajo la angustia profunda de tu estómago ulcerado-
la ulterior jornada del último acto de un mal sueño.

El impacto de la pólvora aún se mezcla
con el templado letargo de tu silencio,
y no queda otra explicación en tu mensaje,
cargado de impaciencia, destrozado de esperanzas,
que el negro vacío adornando un desquiciado velo.

La misma cara ya no sonríe,
la misma voz ya no grita,
esa mano izquierda ya no escribe,
como si el lastre que te ataba a tierra
se hubiese liberado con un seco disparo,
que hizo recorrer tu sangre por el mundo.

Leo tus palabras telegráficas manchadas
sobre las hojas ardiendo de un cuaderno sucio,
hojas escritas con la desazón inaguantable
de toda una generación que se quedó varada aquí:
muda y ciega después del sonido del trueno
que demolió tu descuidado y anciano cuerpo.

Palidece la esperanza que nos espera
al despuntar el sabor del día,
das cuenta de tus bienes y de tus actos,
secos de tanto paladear espejismos.
No está en la música como cuando despertó la década
y te arropabas en el hierro del grunge:
antes de escaparte la sangre por la cabeza,
se desangró Croacia, Etiopía, en un día Ruanda,
Chechenia, Chiapas, Ecuador:
mañana será muy tarde.

Y los que quedamos esparcidos, al día siguiente,
estupefactos en la opacidad de tu muerte,
fantaseamos despacio deseando despertar con la magia oculta
de tu voz áspera en nuestras radios,
diciéndonos que es posible
tomarse el mundo ahora
y amar como yo te amo.

Antes de dejarse expoliar por la somnolencia del olvido
-limpiar la habitación donde reposa tu frío cuerpo
y ver tu espíritu que revolotea espléndido,
vociferando alto como un loco verso-
queremos ver las calles por primera vez,
verlas sin tu nombre,
con el corazón desbocado por el infortunio,
verlas sin la tristeza de la estúpida búsqueda de la felicidad,
el alma perdida,
echándolo todo a perder como el viejo y maldito Morrison.

Cargándolo todo a cuestas sin el sosiego del amor,
sin la paz de la duda, ruega por nosotros ahora
que es nuestro turno de enfrentar la última bocanada de la vida.

Vamos, hombre:
déjanos cantar tu himno bajo el delicado cabello de la luna
despierta de este juego,
fue entretenida la broma:
una vez en la vida es bastante,
estamos esperando que ilustres la portada de un cuento de hadas,
el tuyo, el de ella, el mío, el nuestro, el de todos.

Ya nos dieron aviso que sobre el registro del forense que cerró tus ojos
anotaron uno a uno tus versos y dolores,
el orden no importa:
uno a uno frente a ti,
y tú,
desparramado sobre la mesa te veías relajado,
sin síntomas de enojo
aunque todo el mundo ya sabe la verdad sobre todas las disculpas,
la final, la despedida:
la misma cara ya no sonríe,
la misma voz ya no grita,
esa mano ya no escribe.

And I swear that I don’t have a gun
No, I don’t have a gun
.

Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 / Catalejo original de 1995
Kurt Cobain art oil by Leonida Fremov
Artwork used without permission.

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