NECRONOMICÓN

1

Siente de mí esa cesárea animal
que riega tu desconsolado puerto;
erige de mí el férreo argumento
que estalla en tu subsuelo herido.

Golpea para mí la furia descontrolada,
las voces maquinadas en lo casual;
despliega tu culpable habilidad
en la constante acusación de tu rabia.

Estás desatada dentro de esa esfera plausible
que encierra tu todopoderosa costumbre
de tijeretear mi carne con esa estocada vivencia que vives expiando:
acechando en la sabrosa pincelada de sangre
que corre envenenada ciñendo el espacio
para aplastarme el vigor con un florete dormido.

2

Sin duda eres el camino hecho
en la empuñadura de las huellas.
Sin conjeturas eres la savia
que inunda de presagios los versos del árbol.
Sin dubitación eres la costra
que incendia las heridas abiertas que oxigena el aire.
Sin titubeos eres el arroyo
que inunda con sus fauces el curso del pensamiento.
Sin vacilación eres el soporte
de los brazos colgados de un trapecio roto, trascendental.
Sin escepticismos eres la corte
que dictamina esta sentencia tumefacta, la final.

3

Sin sospecha eres el necronomicón
que me busca de por vida, atándome.
Sin recelos me encontrarás con los ojos muertos
antes de besarme en la frente:
con seguridad dejaré que tu figura me hunda
en un suelo más seco del que estoy arando.

Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 / Original de 1983 – Libro M

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