El imperio de las migajas

¿Sabes cuántas cosas morirían
de tristeza
y abandono en tus brazos?
En el silencio,
tu silencio,
en la miríada de las estrellas,
tu ser.

Te dejo mi nostalgia,
te dejo mi sosiego,
no te diré más de lo que la prudencia
de la posesión
y del perderse en ti
permitan,
te miraré por última vez mañana,
una mañana,
y bendeciré para ti,
en secreto,
la senda de tu ascensión
aún cuando ello te distancie
de mi.

No es el amor,
son las palabras.
No es el corazón,
son tus ojos.
No es lo que me das,
es lo que soy.
Finalmente entre nosotros,
comprendo,
no era la orfandad
ni la boca muda,
o el paso ciego,
desventurado
obsceno
disimulado
ni la bofetada mustia
o la palabra necia
o la declaración de guerra,
lo que establece la ignominia
de apreciar
la vida bajo el halo feroz
de un poliedro.

Soy el asesino de las horas que mueren
con la desesperanza de tu partida;
en mi inconsciencia,
la tormenta es la ocasión
del trueno,
y en el olvido,
la circunstancia se convierte
en la perdición de lo amado.
Piénsalo,
mientras duermes serena abrazada
a las sombras de la noche,
mis ojos inquietos persiguen
tu eclipse
en el insomnio de los recuerdos:
todas las promesas del amor
tienen tus palabras y mi nombre,
todas las promesas del amor
tienen tu nombre y mis palabras.

El viento mecerá las estrellas
después de ese beso de despedida,
pero ¿quién besará mis huesos
cuando muera,
quién dirá unas palabras gentiles
sobre la despedida de mis cenizas?

La esperanza no es una raíz seca,
ni el responso la furia
de tu mirada en la decapitación,
para ti una aparición breve,
como una serenata mortuoria,
como el peso de los años
en los brazos de un amor moribundo.

Desnudaré de sombras el acertijo
de tus palabras
y, creyendo firme en la desaparición
que invocará la razón
de un último beso,
plantaré un árbol de silencio
que tendrá en sus ramas
tu nombre escrito
en ráfagas de hielo.
¿Cuál es entonces el sentido
de tanto amar,
sino sufrir,
sino arder,
sino soñar,
acaso morir de tanto vivir
esta verdad que divide
al corazón?

Es así, el juez, no yo.
Tú, no el amor.
Yo, no el olvido.
La tristeza,
ni siquiera tú.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2011

@CifuentesLucic

Fotografía: “Cubo”.
Original de Marie Pain (Lugar de los Coyotes, Mexico City, Mexico).
Usado con permiso de la autora.
Todos los derechos reservados ©.

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Un comentario en “El imperio de las migajas

  1. TU VOZ

    Te dejo mi nostalgia, te dejo mi sosiego,
    no te diré más de lo que la prudencia de la posesión
    y del perderse en ti permitan,
    te miraré por última vez mañana, una mañana,
    y bendeciré para ti, en secreto, la senda de tu ascensión
    aún cuando ello te distancie de mi.

    MI VOZ

    Todo lo que me has dado lo tengo envuelto en el vestido de seda que me despojaste con premura y angustia.

    Tengo tallado en mi busto la forma desesperada de tus besos, aquel amanecer estrepitoso en que el sol iluminó las sábanas de nuestro encuentro.

    He perdido la noción de distancia, pecado y rezos. Este pensar juntos es todo lo que tengo.

    http://claristrig.wordpress.com/2011/11/25/laberinto-a-dos-voces-rastros-de-aquella-manana/

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