El plexo del abandono

A la ribera de ti

Qué es lo debido,
a firme,
resuelto
que ahuyenta
el profundo abandono,
que embarga de filosas
tristezas,
que habla de soledades
encubiertas
y de vuelos atrapados
en mareas y zozobras,
ennegrecidos como la luz
en una mazmorra
diluida por la desaparición
y la ausencia,
como el hierro congelando
el aliento en la ventisca,
como una perdida que se hace latente
y mentirosa,
como una noche en la que reina
el olvido
y la cruel cicatriz
de sí misma.

En este debido proceso,
el corazón palidece de piedra:
no se acoraza o se acobarda,
simplemente se extingue,
se agota,
al igual que las crudas palabras
que yacen como desperdicio
en los laberintos
que la arena
va agrietando en la memoria
estéril
del desierto
y el tiempo,
como un desliz inveterado,
total.

El corazón
ya no grita
ni el grito
alienta el alma,
traduciendo el ancho silencio
que deja el abandono
en las viejas costumbres
que reflejan
la ausencia de abrazos,
de roces,
de mensajes embotellados,
de lejanas estampillas,
de letras dulces,
de códigos secretos,
de semblantes y caretas,
de tantos objetos
que parecen perennes,
allí siempre,
y que hoy yacen pueriles
y débiles,
inútiles
para el simple entendimiento,
sin comprensión para el que escribe,
sin remordimientos para el que lee.

Me pregunto qué queda
de las brisas,
del cálido viento
que dormía en tus sueños
de ayer
o de aquellas gotas de rocío
pendiendo sonrientes
de tu mirada.
Me pregunto qué queda
de tantas cosas
que alguna vez fueron promesas
labradas a fuego
o gestos suspendidos
en los hombros
o besos profundos
en los labios
o susurros de almíbar
en el vientre
y que hoy son claro vacío
que se vaporiza de la amargura
que tiñe de agonía
la desilusión del día,
la desolación del crepúsculo.

Te olvidas de los muertos
y que más puedes exigir
de aquellos
que en vida,
dejaron de existir
entre condenas
y alegatos de inocencia,
de balada compasión
y muda indiferencia,
y la carga de los huesos
haciendo frente
a la niebla del destino.

Heme aquí
en el lugar impropio
donde el dilema moral
destierra el corazón,
y el amor que fue convicción
de todo
se trastoca en un debido
abandono,
que termina
enloquecido,
fracturado
en el tránsito marchito
que seca incluso esta tinta,
que ya no habla más,
ni siquiera de estrellas
o de tormentos,
que no suspira
por caracolas
o clarividencias,
por más que oprima
el desaliento
de mi pecho,
expulsándolo.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2012
Libro: Escritos Metalúrgicos / 2012

Collage: “A la ribera de ti”. Original de Chicho Valentino (España). Usado con permiso del autor. Libre de derechos.

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