Mi recipiente

Un espíritu nuevo en una armadura vieja,
un recipiente vacío trasvasijado de lleno:
he encontrado en mi rincón un rostro por descubrir en su abismante cobertura,
era el mío silenciado en las soledades,
castigado en la melancolía.

Le incorporo la sonrisa inocente que de viejo he olvidado,
tan lejana como una invisible espiga de cansancio.
Le ausculto ese porvenir desprovisto del desacierto cotidiano,
le arrullo el mareo trepado en variadas hebras de eras amadas
y no veo más que la misma sombra, cambiada, mustia,
desnuda del líquido contenido de mis sensaciones,
repleta del vacuo recipiente henchido de mí mismo.

Salgo a perseguir el himno del atardecer
y rehuyo la compañía de tu propia aparición,
espigando la fortuna de volver a romperse sin creer en nada,
empezando a crecer desnudo y desolado en la pesada huella del silencio:
no hay muerte cierta sin mediar una vida,
cántaro resurgido del agua profunda:
existencia del recipiente vacío al recipiente contenido
en mi mismo, para descubrir, en todo sentido,
que donde termina tu mano se abre la mía.

Alejandro Cifuentes-Lucic © 2010 / Original de 1990 – Libro M

Fotografía: “Recipiente” – Original by Marijana Lucic (Kikinda, Serbia). Artwork used with permission.

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Un caballero de metal

Postrarse en sumisión fue el más cándido de los actos ingenuos,
armarse caballero en esta vida requiere un poco más que honor:
lo sabes,
no basta que reluzca una armadura,
ni la nobleza de tu espada,
ni la tragedia de tu historia,
ni la dulce gloria o el ideal de tu destino,
ni en que mano empuñas la espada o la fuerza de ambas
o cuantos golpes impactaron tu yelmo.

Sólo conseguirás ser un caballero
cuando en la zozobra
cuando en la derrota
cuando de rodillas
cuando en la muerte,
cuando mirando tus ojos,
renuncies al acto altanero que guía tu mirada hacia la roja violencia
y decidas abdicar del penacho del orgullo,
aquella arrogancia que te cubre con su oscura capa.

Caballero, cabalga solo con el peso de tu armadura y de tus armas,
hoy que la arboladura que encadena tu condena,
es ya solo lastre de una vida pasada,
el silencio riguroso de la voz que mora más allá
de las palabras.

Alejandro Cifuentes-Lucic © Catalejo 2009